jueves, 15 de enero de 2009

Un día sin cabeza

Mi silla se volteó
y perdí mi cabeza por un día.

Pausadamente y sin pausa
desparramó un par de frases sobre la cama,
giró,
bendije su espalda,
dibujando un mandala,
junté entre mis dedos un par de lágrimas
y la soñé bailando.

El hilo fue muy delgado
y mis tijeras pesadas.

Busqué una brújula,
la llave que abriera sus piernas,
pero el remedio se derramó entre sus senos
y selló la puerta con mis fracasos,
torpes intentos de redención.

Se durmieron mis dedos
y mi cabeza me miró desde el piso.

Me revolví entre las sábanas,
con las palabras abandonadas,
inútil,
como el día que apostamos a perder,
y perdimos la apuesta.