Me mostró la corona en su ombligo,
y arrodillado ante su presencia,
entregué las llaves de mi reino,
me sometí a su voluntad
dibujando un mapa en su espalda
con el rumbo de mis antojos,
la tinta de mis dedos se hizo invisible
y supo que era su esclavo,
la pasta y el cepillo no se combinaron,
y el disco quedó rayado,
volamos calle abajo,
para aterrizar en mis dominios,
la agasaje con manjares orientales,
pero la prueba de mis besos no bastó,
para la reina de mi pequeño reino,
que abandonó la cama,
dejando una estela,
de sutil perfume,
el de su risa.
Todo en mi mente es apocalíptico
Hace 9 años
No hay comentarios:
Publicar un comentario